La Mesa: Sobre Alimentar Lo Que Queremos Cultivar
Rumi decía que hay que recibir cada emoción como un huésped. Pero ¿y si también pudieras decidir a quién le sirves otra vez — y a quién acompañas, con gracia, hacia la puerta?
Por Janeth Nuñez del Prado, LCSW | Desert Bloom Psychology & Consulting.
La casa de los huéspedes
La mayoria de las personas que han pasado tiempo en terapia,o que han leído algo sobre el bienestar emocional, se han encontrado con alguna versión de La Casa de Huéspedes de Rumi.
El poeta sufí del siglo XIII escribió que el ser humano es como una posada — y que cada emoción que llega, por oscura o inoportuna que sea, merece ser recibida en la puerta. Bienvenida adentro. Esta invitada a tomar asiento.
Es un idea hermosa y radical. Y para muchas personas es genuinamente sanadora - el permiso de dejar de luchar lo que llega y dejar de tratar su propia vida emocional interior como una molestia o un enemigo.
Pero algo en mí siempre ha querido extender la metáfora un poco más.Un buen anfitrión está presente. Atento. Consciente de quién está en la mesa y de lo que necesita. Y sí — consciente de quién ya ha tenido suficiente, y quién podría estar mejor servido por un camino gentil hacia la puerta.
Esta es la distinción a la que me encuentro volviendo en el trabajo clínico, una y otra vez: la diferencia entre dar la bienvenida a una emoción y alimentarla. Entre reconocer lo que llega y elegir lo que crece.
La mesa está puesta antes de que te sientes
Antes de poder hablar de lo que elegimos alimentar, tenemos que enfrentarnos a algo más fundamental: la mesa no la pusimos nosotros.
La cultura la pone primero. La familia, después. Y para cuando la mayoría de nosotros somos lo suficientemente mayores como para tomar decisiones conscientes sobre nuestra vida interior, ciertas emociones ya han sido colocadas en el lugar de honor — y a otras se les ha dicho, de maneras tanto explícitas como tácitas, que aquí no son bienvenidas.
Crecí entre culturas, y he visto esto de manera aguda en las comunidades con las que trabajo. En Bolivia, y en gran parte del mundo latino, los niños crecen escuchando — directa o indirectamente — lo que significa ser un verdadero hombre. Y el menú de un hombre de verdad no incluye la tristeza. No incluye el miedo. Estas emociones no están en la mesa. No tienen un asiento.
¿Y entonces qué pasa con el hambre que no tiene alimento permitido?
Encuentra otra manera de entrar.
Llega por la puerta de atrás. Se disfraza de algo más permisible — algo que se siente más poderoso, más aceptable, más acorde con lo que se supone que es un hombre. Llega como rabia. Como alcohol. Como la acumulación lenta y desgastante de agravios que nadie nombra y nadie alimenta directamente, porque nadie les enseñó cómo.
Mi mentora, la Dra. Alicia Lieberman, me dijo algo hace años que nunca ha abandonado la sala cuando estoy sentada con alguien cuya rabia llena todo el espacio. Me dijo: busca la benevolencia bajo la rabia, y el dolor debajo de la ira."
Esa frase no es solo una técnica clínica. Es una manera de ver al invitado que llegó a la mesa con la ropa equivocada — porque no creía que lo dejarían entrar de otra manera. La rabia es real. Y debajo de ella, algo mucho más tierno ha estado esperando, hambriento, por mucho tiempo.
Y también — la ira no siempre es un disfraz. A veces es exactamente lo que es.
Cuando se ha cometido un daño — contra ti, contra tu familia, contra tu gente — la ira es la respuesta apropiada. Es la emoción que dice: esto estuvo mal. Es la emoción que pide que algo cambie. En este sentido, la ira no es una defensa contra emociones más vulnerables. Es información. Es, en sí misma, una forma de amor — por ti, por lo que mereces, por el mundo tal como debería ser.
La pregunta no es si la ira merece un lugar en la mesa. Lo merece. La pregunta es qué elegimos darle de comer.
Porque la ira alimentada con acción — acción clara, elegida, alineada con nuestros valores — se convierte en algo poderoso y con propósito. La ira alimentada con rumia — con fantasías o actos reales de violencia — se convierte en algo que hace daño. Se filtra en los cuartos y las relaciones donde no quisimos llevarla. Con el tiempo, deja de ser una respuesta a la injusticia y se convierte en una forma de vivir.
Entonces la ira entra. Le damos un lugar. Le preguntamos qué necesita. Y luego decidimos — con intención, poco a poco — qué tipo de alimento le ofrecemos.
La sopa
Quiero contarles sobre un momento en una sesión que se quedó conmigo.
Estaba trabajando con alguien cuya madre había tenido dificultades para sintonizarse emocionalmente con él. No por falta de amor — sino porque la sintonía emocional era más difícil para ella que los actos concretos de cuidado. Podía sostener a un niño que lloraba, pero no podía sostener las emociones debajo del llanto.
Pero cuando su hijo estaba enfermo, algo cambiaba. Su madre le hacía sopa. Se sentaba cerca, atenta. Cuidaba el cuerpo con una calidez y una presencia que no requería palabras ni traducción emocional. El cuerpo era algo que ella podía cuidar — con claridad, con sencillez, con sus manos.
Y el hijo lo recordó.
No conscientemente. No como una historia que se contaba a sí mismo. Sino en su cuerpo. Porque ahora, de adulto, cuando está enfermo — experimenta algo que solo puede describir como calma. Casi eufórica. Un asentarse. Una sensación de ser sostenido por algo que no puede nombrar del todo.
El resto del tiempo, la ansiedad vive en su pecho. Un apretamiento familiar, crónico. Pero cuando está enfermo, la ansiedad se aquieta. Y en su lugar — algo cálido.
Nos quedamos con eso un momento. Y luego dije: ¿qué pasaría si la calma y la ansiedad fueran dos invitadas a tu mesa? ¿Qué pasaría si pudieras elegir a cuál alimentar?
Y luego: ¿qué pasaría si pudieras alimentar tu calma de la manera en que tu madre te alimentaba a ti — con sopa?
Su cuerpo se ablandó visiblemente antes de que dijera una palabra. Y cuando habló, dijo que le encantaba.
Lo que había ocurrido en ese momento no era solo una metáfora que aterrizaba. Era algo más antiguo y más encarnado. La sopa que hacía su madre — incluso en el contexto de una relación que no siempre podía alcanzarlo emocionalmente — se había convertido en un recipiente para el amor. El cuerpo lo guardó. Y ahora él podía ofrecerle esa misma ternura a su propia vida interior. Podía convertirse, en el momento del cuidado, en su propia madre. Cálido. Presente, gentil, capaz.
Lo que elegimos cultivar
Esto es lo que quiero decir cuando me aparto de Rumi — con gentileza, con mucho respeto.
Sí, bienvenidas las emociones que llegan. Sí, recíbelas en la puerta. No finjas que no están, no cierres la puerta contra ellas, no te avergüences de quien aparece sin invitación.
Pero luego — nota lo que estás alimentando. Porque lo que alimentas crecerá.
La rumiación es alimentar. Ensayar el agravio, reproducir la herida, volver una y otra vez a la historia de lo que te hicieron sin resolución — eso es una forma de nutrición. La emoción crece porque la estás cultivando, aunque no lo hayas querido, aunque no supieras que eso era lo que estabas haciendo.
Esto no es culpa. La mesa estaba puesta antes de que te sentaras. Te enseñaron qué merecía ser alimentado. Puede que hayas pasado años alimentando la rabia porque nadie te enseñó que la tristeza debajo de ella también tenía permitido comer.
Pero en algún momento — poco a poco, despacio — la pregunta se vuelve disponible: ¿qué quiero que crezca?
No de manera forzada ni esforzada. No empujando a los invitados difíciles hacia afuera antes de que estén listos para irse. Sino dirigiendo algo de tu atención — algo de tu calidez, algo de tu sopa — hacia las cosas que realmente quieres nutrir.
Calma. Estabilidad. Curiosidad. La parte de ti que sabe algo que la parte ansiosa todavía no cree.
Una olla de barro hierve a fuego lento en una cocina boliviana. El vapor sube despacio. No hay nadie en el cuarto — pero permanece el calor de la presencia de alguien. Algunas comidas se hacen con las manos. Algunas se hacen con un amor que no tiene otro idioma.
Una invitación gentil
Piensa en las emociones que tienden a ocupar más espacio en tu mesa. No con juicio — con curiosidad.
¿Quién te enseñó que merecían ese espacio? ¿Fue tu familia, tu cultura, la forma particular de tu historia?
Y luego — ¿qué hay debajo? ¿El invitado que llegó con la ropa equivocada porque no creía que lo dejarían entrar de otra manera?
¿Qué significaría hacerle un lugar en la mesa?
¿Qué significaría alimentar tu calma con sopa de pollo?
Si estás navegando una situación de alto riesgo, cargando patrones antiguos que ya no te sirven, o simplemente tratando de entender lo que has estado cultivando todo este tiempo — podemos trabajar juntos. Contáctame para agendar una consulta privada.